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La corrupción política en Juan de Mariana
Author(s) -
David García-Martín Sousa
Publication year - 2021
Publication title -
revista procesos de mercado
Language(s) - Spanish
Resource type - Journals
ISSN - 1697-6797
DOI - 10.52195/pm.v12i1.160
Subject(s) - humanities , art , physics
La Giges era un pastor que servía al entonces rey de Lidia. Un día sobrevino una gran tormenta y un terremoto que rasgó la tierra y produjo un abismo en el lugar en el que Giges llevaba el gana-do a pastorear. Asombrado al ver esto, descendió al abismo y ha-lló, entre otras maravillas que narran los mitos, un caballo de bron-ce, hueco y con ventanillas, a través de las cuales divisó adentro un cadáver de tamaño más grande que el de un hombre, según parecía, y que no tenía nada excepto un anillo de oro en la mano. Giges le quitó el anillo y salió del abismo. Ahora bien, los pasto-res hacían su reunión habitual para dar al rey el informe mensual concerniente a la hacienda, cuando llegó Giges llevando el anillo. Tras sentarse entre los demás, casualmente volvió el engaste del anillo hacia el interior de su mano. Al suceder esto se tornó invi-sible para los que estaban sentados allí, quienes se pusieron a ha-blar en torno a él como si se hubiera ido. Giges se asombró, y lue - go, examinando el anillo, dio vuelta al engaste hacia fuera y tornó a hacerse visible. Al advertirlo, experimentó con el anillo para ver si tenía tal propiedad, y comprobó que así era: cuando giraba el engaste hacia adentro, su dueño se hacía invisible, y cuando lo gi - raba hacia fuera, se hacía visible. En cuanto se hubo cerciorado de ello, maquinó el modo de formar parte de los que fueron a la residencia del rey como informantes; y una vez allí sedujo a la reina, y con ayuda de ella, mató al rey y se apoderó del gobierno. Por consiguiente, si existiesen dos anillos de esa índole y se otor-gara uno a un hombre justo y otro a otro injusto, según la opinión común no habría nadie tan íntegro que perseverara firmemente en la justicia y soportara abstenerse de los bienes ajenos, sin to - carlos, cuando podría tanto apoderarse de lo que quisiera del mer-cado, como, entrar en las casas, acostarse con la mujer que prefirie-ra, y tanto matar a unos como librar de las cadenas a otros, según su voluntad, y hacer todo como si fuera igual a un dios entre los hombres.

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