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Tausend Jahre epigraphische Kultur im römischen Hispanien: Inschriften, Selbstdarstellung und Sozialordnung
Author(s) -
Géza Alföldy
Publication year - 2011
Publication title -
lucentum
Language(s) - Spanish
Resource type - Journals
SCImago Journal Rank - 0.17
H-Index - 3
eISSN - 1989-9904
pISSN - 0213-2338
DOI - 10.14198/lvcentvm2011.30.09
Subject(s) - art , humanities
Esta contribución es una versión revisada, actualizada y sustancialmente ampliada del artículo del autor publicado bajo el título «La cultura epigráfica de la Hispania romana: inscripciones, auto-representación y orden social» en las dos ediciones del volumen Hispania. El legado de Roma, editadas por M. Almagro-Gorbea y J. M. Álvarez Martínez et alii en los años 1998 y 1999. El objetivo del estudio es dar una vista general de la historia de la cultura epigráfica de los romanos en la Península Ibérica a lo largo de casi mil años, con especial atención a problemas epigráficos tratados por el autor durante más de cuarenta años, de lo que resulta que en primer lugar se traten las inscripciones de la Hispania citerior, mientras que los epígrafes de la Baetica y de la Lusitania aparecen solamente de forma colateral. En el Imperio romano se conocen más de 400.000 inscripciones latinas. Unas 25.000 de ellas proceden de la Península Ibérica, donde su cantidad aumenta continuamente por nuevos hallazgos. Sin embargo, también la revisión de inscripciones conocidas ya desde hace mucho tiempo puede ofrecer nuevos conocimientos importantes. Entre los hallazgos epigráficos más recientes se encuentran documentos de gran importancia como la lex Irnitana, el nuevo fragmento de la lex Ursonensis, la Tabula Siarensis, el Senatus consultum de Cnaeo Pisone patre o últimamente el edicto de Augusto encontrado en El Bierzo y la lex rivi Hiberiensis. Para orientarse en la gran masa de la inscripciones de Hispania está justificada una nueva edicion del volumen II del Corpus Inscriptionum Latinarum (último fascículo aparecido: CIL II2, Pars XIV, Conventus Tarraconensis, Fasc. 2, Colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraco, 2011). La más antigua inscripción lapidaria de la Hispania romana y de todo el Occidente romano es la inscripción dedicada a Menrva, es decir, a Minerva, en Tarraco durante la segunda guerra púnica. Son pocas, relativamente, las inscripciones hispanas pertenecientes a la época republicana, principalmente a sus últimos decenios; su concentración más importante se observa en Carthago Nova. Como consecuencia de la fundación de colonias y municipios bajo el reinado de Caesar, y en particular de Augusto, tuvo lugar un incremento notable de la cultura epigráfica de Hispania. Buenos ejemplos para el nacimiento y la difusión del epigraphic habit ofrecen, entre otras ciudades, Saguntum y Segobriga. En los fora de estos municipios, establecidos bajo Augusto, se encuentran inscripciones pavimentales con letras de bronce que fueron doradas, en consonancia con la difusión de esta nueva técnica epigráfica de la época augustea para glorificar la nueva aurea aetas; los fora y los demás edificios públicos se llenaron con inscripciones honorarias, grabadas en el pedestal de la estatuas de los emperadores, de los representantes del gobierno romano y de los miembros de las élites locales. Con frecuencia se pusieron monumentos sepulcrales, no sólo de los miembros de las capas superiores, sino también de los estratos sociales dependientes de la aristocracia, incluso de sus libertos y esclavos que, como los estratos inferiores de la sociedad romana en general, imitaban los métodos de la autorepresentación de sus dueños. La cultura epigráfica se difundió en época augustea y julio-claudia no solamente en la parte oriental de la Hispania citerior y en la Baetica, es decir, en las zonas de fuerte romanización de la Península Ibérica, sino también en el interior y en el noroeste de Hispania. En época flavia y trajanea tuvo lugar en Hispania una verdadera „explosión epigráfica«: en esta época el número de inscripciones aumentó en muchas ciudades y en sus territorios de un modo sorprendente, y aparecieron nuevos tipos de monumentos epigráficos. En Tarraco, por ejemplo, de las aproximadamente 1.600 inscripciones de la ciudad, sólo unas 100 se fechan en época republicana, augustea y julio-claudia; el resto es posterior, y la mayor parte pertenece a la época flavia y antonina; desde el reinado de Vespasiano se observa, entre otras cosas, la producción en masa de pedestales para estatuas con inscripciones honorarias, anteriormente desconocidas. Se puede hablar casi de una „revolución cultural«. El motivo para este cambio radical del epigraphic habit fue el cambio en la mentalidad de las élites y, siguiendo los comportamientos de ellas, también de grandes masas de las capas inferiores. Para Tácito, Hispania fue ya en época de Tiberio in omnes provincias exemplum; con la proclamación de Galba como emperador se cumplió la antigua profecía de que un día Hispania presentaría al dominus rerum; la extensión del ius Latii a todas las comunidades de Hispania por Vespasiano significó que el país llegó a ser una región casi como Italia; y el ascenso de muchos hispanos en el orden senatorial y con Trajano y Adriano hasta el poder supremo produjo en las élites hispánicas la sensación de que eran verdaderos romanos. Las inscripciones tenían que expresar su romanidad, su poder y su esplendor – un comportamiento que dio motivo también a muchos estratos inferiores para imitar el epigraphic habit de las élites según sus propias posibilidades. Sin embargo, desde mediados del siglo II la representación epigráfica de las élites sociales empezó a cesar. Desde la época de Marco Aurelio y Comodo, la costumbre de erigir monumentos honorarios para los miembros de las capas superiores acabó casi de forma general, y en muchas ciudades, entre ellas centros urbanos con un patrimonio epigráfico considerable en épocas precedentes y con una estructura social tan diferente como, por ejemplo, Saguntum, Segobriga o Segovia, el epigraphic habit desde finales del siglo II prácticamente desapareció. En una ciudad con una tradición epigráfica tan grandiosa como Tarraco, en el siglo III sólo muestra una continuidad la cultura epigráfica sepulcral. Por cierto, en los siglos III y IV los emperadores también recibieron obligatoriamente estatuas honorarias con inscripciones en su pedestal, pero desde mediados del siglo III estos pedestales fueron, no solamente en Tarraco, monumentos anteriores reutilizados (como evidentemente también las estatuas). El retroceso general del epigraphic habit en una ciudad anteriormente tan rica como Carthago Nova, antes que en otras ciudades, se explica por una parte por las grandes dificultades económicas que afectaron a muchas ciudades hispanas ya a mediados del siglo II, pero por otra parte también por el cambio de la mentalidad de las élites, que perdieron su interés en la autorepresentación con monumentos caros y que presentaban su rango social sobre todo en manifestaciones públicas. En algunas ciudades hispánicas la cultura epigráfica continuó también en época tardoimperial como una cultura epigráfica cristiana. El nucleo principal de la epigrafía cristiana en la Península ibérica fue Tarraco, con unas 140 inscripciones, no sólo en los siglos IV y V, sino también bajo el dominio visigodo hasta la invasión árabe a comienzos del siglo VIII. Las inscripciones cristianas, incluso las visigodas, casi sin excepción funerarias, conservaron todavía elementos de la tradición epigráfica anterior y, con ésta, de la cultura romana, pero su objetivo principal fue expresar la fe cristiana.

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